En estos tiempos de crisis económica, política, social, moral… en fin, en estos tiempos de apocalipsis galopante en que se aproxima el Juicio Final -no se aleja nunca, que se sepa- uno puede preocuparse por el hundimiento de Islandia, por poner a buen recaudo sus euros, por darse al vicio (total, es el fin) o por invertir sabiamente el tiempo y el dinero y hacerse un test genético para saber si es vasco.
La vasquidad, esa suerte de negritud patria, acompañada de txapela, txacolí y otros palabros del estilo ya no es como antaño cuestión de acreditar un número n de apellidos vascos, método poco fiable y facilmente falseable (al fin y al cabo, el Maligno adopta nombres varios para confundirnos).
No, amigos y amigas, ahora uno puede con los métodos científicos más modernos y por el módico precio de 105 euros (de salida) descubrir si es vasco, judío, vikingo o la reencarnación del caballo de Espartero. Y todo gracias a iGENEA.
Años y años luchando desde la izquierda para fomentar los lazos entre la gente con independencia de su lugar de origen, su pigmentación o sus bailes regionales para darnos de bruces con esto.
¿Qué tiene de interesante ser vasco o austro-húngaro?
¿Va a cambiar en algo nuestra vida por ser de un origen u otro?
Espero que no, porque por ahí se empieza y ya se sabe por donde se acaba.
Escrito por luisvalcarce 





